Los cuentos empiezan mirando
Creo que muchos cuentos empiezan mucho antes de que aparezca la primera palabra.
Empiezan cuando algo nos llama la atención.
Un niño que se queda mirando una hormiga durante varios minutos. Una conversación que escuchamos de pasada. Una frase que alguien dice sin darle importancia y que, sin saber por qué, se nos queda en la cabeza.
Ver y mirar no son lo mismo.
Vemos cientos de cosas cada día y la mayoría desaparecen de nuestra cabeza en cuestión de segundos. Pero a veces nos detenemos.
Nos preguntamos qué estará pensando esa persona. Por qué ese niño lleva una piedra en la mano. Qué historia habrá detrás de una ventana siempre cerrada.
Y aparece una pregunta:
¿Y si…?
Quizá muchas historias empiezan justo ahí.
Los niños saben hacerlo
Los niños todavía tienen esa capacidad de mirar como si todo fuera nuevo.
Una caja puede convertirse en una casa. Una sombra, en un monstruo. Una piedra puede esconder un tesoro.
Y preguntan.
¿Por qué la luna nos sigue cuando vamos en el coche? ¿Dónde duermen las hormigas? ¿Los perros sueñan?
No necesitan buscar una historia. Las encuentran.
¿Dónde nacen las historias?
A veces una historia nace de algo importante.
Y otras, de algo aparentemente insignificante: un gesto, una frase, un recuerdo, una imagen que se queda dando vueltas.
Por eso escribir también tiene mucho que ver con guardar.
Guardar palabras. Preguntas. Ideas que aparecen cuando menos las esperamos.
No todas acabarán convertidas en un cuento.
Pero algunas sí.
Porque antes de escribir una historia, quizá haya que aprender a encontrarla.
Y para encontrarla, primero hay que mirar.
