Despertar la imaginación infantil

La imaginación de un niño puede aparecer en cualquier momento.

A veces basta con una pregunta.

O con una nube.

Con una piedra que parece otra cosa. Con una caja que, por unos minutos, deja de ser una caja. Con una historia que empieza con un «¿y si…?».

La imaginación no necesita demasiadas instrucciones. Necesita espacio.

Jugar a mirar de otra manera

Una cuchara puede ser una nave espacial. Un cojín, una montaña. El pasillo de casa, un túnel secreto.

Los niños tienen una facilidad extraordinaria para transformar lo cotidiano. El problema es que, muchas veces, los adultos tenemos demasiada prisa por decirles qué es cada cosa.

Por eso, una buena manera de despertar su imaginación es mirar juntos y no dar inmediatamente la respuesta.

¿Qué forma tiene esa nube?

¿A qué se parece esa sombra?

¿Quién podría vivir detrás de esa puerta?

No importa tanto lo que respondan como el hecho de que hayan empezado a imaginar.

Preguntar en lugar de explicar

Hay preguntas que abren puertas.

«¿Qué crees que pasaría si…?»

«¿Dónde irá ese pájaro?»

«¿Qué habrá al otro lado?»

«¿Y si hoy los animales pudieran hablar?»

Son preguntas sencillas, pero tienen algo especial: no tienen una única respuesta correcta.

Y ahí empieza el juego.

Porque imaginar también es aprender que una misma historia puede tener muchos finales. Que un monstruo puede dar miedo o tener cosquillas. Que una caja puede convertirse en un barco. Que una piedra encontrada en el parque puede ser, quién sabe, un huevo de dragón.

Dejar hueco para inventar

Vivimos rodeados de historias ya hechas.

Libros, películas, dibujos, canciones, juegos…

Y todas ellas son maravillosas. Pero también necesitamos momentos en los que no ocurra nada.

Momentos de aburrimiento.

De espera.

De mirar por la ventana.

De jugar sin que nadie diga cómo se juega.

Porque cuando no les damos todas las respuestas, los niños empiezan a buscarlas. Y cuando no les damos todas las historias, empiezan a inventarlas.

Quizá despertar la imaginación no consista tanto en enseñar a imaginar como en no apagar las ganas de hacerlo.

En dejar una puerta entreabierta.

En hacer una pregunta y esperar.

En escuchar una respuesta que no esperábamos.

Y, sobre todo, en recordar que para un niño cualquier cosa puede ser el principio de una historia.

Solo hay que dejarle imaginar qué viene después.

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